La carta y sus dimensiones

Por Facundo Chara

Los primeros usos documentados de un sistema organizado provienen de Egipto, donde los faraones usaban mensajeros para la transmisión de sus decretos a lo largo de todo el estado. Los egiptólogos hallaron jeroglíficos con referencias claras a la correspondencia del faraón, uso que seguramente tenga sus orígenes en una práctica previa de mensajería oral.

En la época greco-romana, las cartas se escribían con tinta en hojas de papiro que se enrollaban y ataban con cordones. Augusto, emperador de Roma, que disponía de una buena red de calzadas, aparentemente fue el creador del primer servicio regular de correos, a pie o a caballo. Y en América, entre los incas, los mensajeros se turnaban para llevar informaciones y noticias, corriendo por calzadas pavimentadas que unían las principales ciudades del imperio.

Con el paso de los años, los medios fueron constituyendo los floridos monopolios de la administración estatal, que resalta en la mayoría de los países modernos. Posterior a los correos postales que existieron en España, como en todos los estados, apareció un correo civil en Barcelona en el siglo XII. La preponderancia comercial justificaba este suceso en la ciudad.

El correo apareció en España al final de la reconquista, después de la ocupación de Granada por los Reyes Católicos. Juan I de Castilla nombró correo mayor a Francisco, el mismo que se había destacado como organizador de los correos centroeuropeos. Y En 1610 se implantó en España la estafeta, que en ese momento era el modo de correspondencia a valija cerrada.

Hoy en día las únicas cartas que recibimos son la de las facturas de luz o internet. Pero es algo que irremediablemente tenía que suceder. El uso del e-mail por cuestiones de costos, comodidad, vertiginosidad y demás, está al orden del día, impuesto como hecho cultural en todas las escalas de nuestra sociedad, desde los mas pequeños hasta los mas veteranos, a veces sin importar cómo y qué se escribe. El papel, la lapicera, incluso la inspiración ya son cosa del pasado.

Lo que nadie puede poner en tela de juicio, es sin dudas el sentimiento que se tiene al recibir una cartita de un ser querido, de su puño y letra y sin indicar lo que se debe abonar. La carta es el manifiesto más fiel y profundo que una persona puede expresar sin mover algún músculo de su boca, es más que un lápiz y un papel, más que simples palabras escritas. A veces para pedir perdón, otras para dedicar amor, pero siempre del lado del corazón. La carta no tiene fronteras, ni sexo, ni estereotipos, ni preferencia. Solo desea ser enviada con un fin noble llena de esperanzas de ser respondida.

Cuantos de nuestros lectores o del grupo redactor en sus infancias han dedicado algunas palabritas de amor eterno a través de un lápiz y un papel en las aulas del colegio, y cuantos otros han recibido otras tantas, con el corazón en la mano al leerla, y suspirando de felicidad al sentir esas honestas letras.

En mi caso particular, recuerdo cuando cumplí 10 años de edad, a decir verdad fue un hermoso día. En Buenos Aires reinaba el optimismo y la buena onda, con un ambiente cálido tanto dentro como fuera de mi hogar y con la grata sorpresa de haber recibido una carta de mis familiares provenientes de Tierra del Fuego, Ushuaia, una pequeñita isla situada al sur de la Argentina. Fue mi más preciso regalo, desde tan lejos me sentí tan cerca de ellos.

A medida que pasa el tiempo es evidente la falta de práctica que uno tiene al redactar una carta, con todos sus pasos a seguir, o la constatación de no haber escrito nunca ninguna. Tal vez, algún día se vuelvan a poner de moda las cartas. Se crearían más puestos de trabajo, la gente viviría mejor, tendríamos jardines, perros y no nos aburriríamos tanto, al menos en Buda.

Imagen: Juli