Caliente, nieve negra

Por Sebastián Santos

El que diga que hablar de la nieve cuando justamente se ha ido es de cobardes no se equivoca del todo. Pero no es la cobardía del que sale corriendo, sino más bien la del sobreviviente, que al final se ha encariñado con su carcelero, y cuando no está lo extraña.

Antes de ese mágico y paradójico momento, en el que la nieve acaba por desaparecer por completo, se dan unas semanas de transición, liminales, donde las temperaturas van subiendo lenta y arritmicamente, mientras la nieve resiste, decadente.

Y el símbolo ineludible del ocaso del invierno es la nieve negra de la ciudad. En húngaro no tiene, supongo que por simple vergüenza, una palabra para describirla. Cuando les pregunto cómo le dicen a esa nieve negra, mezclada con colillas de cigarrillos, basura y mierda de perro, me responden para todo servicio latyak, un término que va mucho mejor con la nieve que se mezcla con el barro. Pero en una gran ciudad el espectáculo que anuncia el equinoccio del 20 de marzo es simplemente horroroso, o mirándolo con buenos ojos una puesta kitch, que expresa el desorden, la falta de recursos y la pereza de una sociedad que ya se cansó del invierno.

Lo primero que hay que considerar es que la nieve jode, pesa y acaba molestando. Y como si la gente se anticipase al fastidio, a la hora de limpiar nunca acaba de recoger todo. En las calles, los lugares destinados al aparcamiento quedan bajo la exclusiva responsabilidad de los conductores que quieran salir o aparcar. El ayuntamiento se limpia, dialécticamente, las manos y las empresas privadas que se ocupan de multar cuando se nos pasa la hora del parquímetro, menos. Dicen que no compensa.

A las plazas y a las aceras les quitan la nieve indispensable, dejando apenas el estricto espacio para que podamos avanzar en fila india. Así la nieve se amontona a los costados, y sirve, con progresión geométrica, de basurero. Ahí se va amontonando la mugre, volviéndose a cubrir de nieve, hasta el terrible momento en que deja de nevar para siempre, y la mierda se superpone hasta el vómito, pintarrajeándose con el smog que el frío aplasta contra el asfalto.

Pero la mandra de limpiar no tiene que ver simplemente con una falta de dinero o con la política de reducir costos, es más bien cultural. Hasta los más ricos se cuidan de dejar montañas de nieve delante de sus casas, institutos, en sus patios o jardines. No entiendo como no les acaba molestando la negrura de los mojones que salpican sus palacetes.

Fuera de la visión apestosa de los últimos cartuchos del invierno se puede aprovechar, y yo lo hago, este breve período para recorrer la ciudad en busca del montón de nieve más roñoso, el peor mojón de todos. Es un juego contra el tiempo, porque al subir las temperaturas la nieve va desapareciendo y con ella los exquisitos e insultantes mojones. Encontrarlos, con la angustia apretando, la de la última oportunidad fotografiarlos en toda su intimidad, en la complicidad de ser el último en prestarles atención, en verlos, descubrir su potencial pictórico, es una sensación única, que hace del ir y venir del trabajo una experiencia diferente. Además agrega a las típicas y banales conversaciones de cada día un toque surrealista. ¿Dónde has visto, dónde está, el mojón más desagradable que jamás hayas visto?

Así, por ejemplo, mis compañeros de trabajo me han sorprendido con imágenes como la de un sorete derritiéndose al compás de la nieve, acabando en charco de tonos marrones, ante la cara de espanto de los que esperan en la parada del autobús.

También, siguiendo el instinto y el chisme, he ido corriendo, mirando desolado como en el camino ya no se veía ni un pequeño ni roñoso mojón de nieve negra, hacia uno de aquellos puntos de creación espontánea, del que me habían hablado. El mejor, revisando ahora mi última base de datos, fue uno cerca de Stadion, saliendo del metro, cruzando Hungaria y adentrándose una calle, siempre dentro del Zugló. Lo encontré en la calle Utász, casi esquina Tábornok.

El diseño del barrio permite, según la costumbre y malos hábitos de los vecinos y el gobierno de la ciudad, que la nieve se amontone descuidada. Entre la calle y las aceras hay, sin sucesión de continuidad una franja con árboles desperdigados. Jamás he visto verde en ella, pero supongo que el plan original lo preveía. ¿Quién va a limpiar esa nieve? ¿A quién le molesta? Y ahí se va amontonando la basura sobre la nieve, con el aliciente a los artistas del postindustrialismo que además que ven como la usan para tirar cualquier cosa, desde muebles viejos, ordenadores rotos, cartuchos de tinta o simplemente alguna compresa a medio usar, o un par de condones enrollados a modo de boleadora.

En definitiva, la nieve puede aparecer de decenas de colores, amarilla con una buena meada, caliente y convulsa, roja, si lanzamos una jugosa compresa con fuerza al epicentro, marrón, en aquellos parajes donde el asfalto permite el paso atrevido del barro, y negra, negra como el carbón en las grandes ciudades abandonadas de la mano de los dioses, donde no hacen más que hablar de alarma de contaminación, pero no hacen naranja.

Imagen: Aranyos