Nieve
Por Teresa De la Vega
Hay que ver como cambian algunas cosas. Cuando yo era pequeña y nevaba en Madrid, si nevaba, saltaba de contenta, y si se podía, quiero decir si nevaba lo suficiente, hacía muñecos de nieve con mis amigos. En Semana Santa solía ir con mis padres a la sierra a pasar las vacaciones y a esquiar. El ir llegando a las montañas y empezar a ver los primeros manchones de nieve era motivo de gran alegría. No siempre había nieve. En ese aspecto las cosas han cambiado también mucho en España. ¡Hay que ver que nevadas tienen ahora! Y lo del esquiar tampoco es igual. Entonces no hacía falta tener equipos preciosos. Sobre todo, de lo que se trataba, era de aprender un poquito y divertirse. Con llevar pantalones e ir bien abrigada, y tener unas botas gordas era suficiente. Los esquís y los bastones eran de madera, se alquilaban todas las mañanas y “andando”. Por la tarde nos sentábamos frente a la chimenea de la Venta Arias donde nos hospedábamos y comíamos piñones tostados que había que abrir con un clavo que tenía la punta aplastada para ello. Bueno, pero éstas son otras historias.
Cuando llegué aquí también me ponía contenta cuando empezaba a nevar. Y me iba a pasear en seguida, incluso sola bajo los primeros copos, más contenta que unas Pascuas, mientras la familia me miraba asombrada. ¿Y ahora? Bueno, pues lo que pienso ahora, es lo que voy a escribir a continuación. Suele nevar todos los años en Budapest. Unas veces más, otras menos, y de vez en cuando muchísimo, como este año. En la capital limpian un poco las calles principales y gracias a Dios y si el tiempo no lo impide, funcionan los transportes públicos, menos algunos que no pueden llegar a las paradas finales de las colinas de Buda. Las calles secundarias suelen quedarse sin limpiar, tal cual, hasta que llega la primavera que se encarga de solucionar el asunto. Pero mientras llega ese momento y después de los primeros días en que todo está blanco como en los cuentos, las calles se convierten en lugares llenos de aguanieve sucia, hielo, montañas de nieve helada color marrón o gris con porquerías encima, papeles, cacas de perro, en fin, un asco.
Bueno, pues todos los años, la televisión, la radio, los periódicos empiezan a hacer llamamientos pidiendo “obreros de la nieve”, o sea, personas dispuestas a coger una pala y quitar la nieve y arrastrar una carretilla y esparcir la sal. Pero van pocos. ¿Cómo van a ir más? Les pagan, este año creo que fueron unos 3.600 Ft por las ocho horas, y encima el trabajo es nocturno generalmente, si es diurno pagan menos. O sea, a mi parecer una miseria. Teniendo en cuenta que los que van a ir son personas muy desesperadas o medio borrachas, ya que si no no irían, no es de extrañar que apenas vayan. Ocho horas con las botas y los zapatos ya viejos, metidos en la nieve, hacen que se rompan del todo y el dinero que reciben no da para comprar otras. Sin contar que se pondrán aún más enfermos de lo que posiblemente están. Jamás llegaré a entender como a los gobiernos, o a los alcaldes o a los que sea, no se les cae la cara de vergüenza y siguen haciendo lo mismos llamamientos año tras año, ofreciendo la misma mísera cantidad, más o menos.
Creo recordar que durante el comunismo hacían hogueras en las calles para que se calentaran los “obreros de la nieve” y les daban té hirviendo. Pero tampoco estoy segura del todo. Quizás también ahora hagan algo parecido. No lo sé. Lo que si sé es que nadie protesta, me refiero a los húngaros que están calentitos en sus casas. Jamás los he oído alzar la voz a favor de los pobres “trabajadores u obreros de la nieve” ni contra el gobierno, sea del color que sea, que tiene la caradura de ofrecer tales ridículas cantidades de dinero por congelarse durante la noche bajo la nieve.
Recuerdo un año, el de 1987 creo. Mi hijo era todavía un bebé, en el que la gran nevada comenzó un sábado por la tarde sin avisar, aumentó en intensidad durante la noche del domingo y después heló. El lunes por la mañana, cuando la gente fue a salir de sus casas, no pudo. Budapest quedó prácticamente paralizada. Y solamente se podía llegar a los supermercados andando, donde tampoco había ni pan, ni leche ni casi nada fresco, puesto que era lunes. Téngase en cuenta que de éso hace muchos años y apenas se conocía aquí el tetrabrik para la leche, ni los embutidos envasados al vacío, ni el pan de molde. También eran muy pocas las personas que tenían congeladores en sus casas.
Nosotros teníamos patatas y cebollas en el sótano y a Dios gracias una caja de leche de las pocas y caras que existían, para el niño. De todas formas, la radio empezó a emitir mensajes, diciendo que la gente no fuese a trabajar, que se quedara tan ricamente en sus casas y que el sueldo no se les descontaría. Eran otros tiempos. Tiempos también en los que la energía eléctrica y la gasolina que venían de la URSS eran muy baratas. Por ello a veces pasaban camiones cargados de nieve sucia, que tiraban al Danubio.
Ahora claro, ya no pasan y la nieve que quitan, si es que la quitan queda amontonada en las aceras esperando como ya he dicho que llegue la primavera . Y por último está el eterno litigio entre la alcaldía y la compañía de transportes públicos. ¿Quién es el responsable de limpiar la nieve amontonada en las paradas? Ni tú ni yo ni nadie, y unos por otros la casa sin barrer y la nieve sin quitar y los pasajeros hundiéndose a veces hasta las rodillas casi, y rompiéndose piernas y brazos y poniéndose de mal humor. De paso, al comenzar el deshielo empiezan a caerte encima trozos de estalactitas, o estalactitas enteras desde los tejados.
En fin, que la nieve es muy bonita para ir a esquiar o pasar un fin de semana en las montañas, para disfrutarla dos, o máximo tres días en la ciudad, verla en una postal navideña o en una película de Walt Disney. El que diga que no es así, no ha estado nunca por estos lares en invierno. Pero no voy a terminar de esta forma. Voy a ser positiva. Tengo un vecino “Miki bácsi”(tío Miki) que resulta que es un artista y este año ha hecho unas preciosas estatuas de nieve dignas de un museo. Sobre todo el elefante y el campesino húngaro, son preciosas. Con ellas nos ha alegrado la vida a todos los de la calle. Deberían de darle un premio.
Imagen: Ferenczi