
Tres estrellas
El invierno se había acabado, pero igual todo el mundo seguía enfundado en gorro y bufanda. Yo viajaba acurrucado contra la ventana del 109, camino de Kőbánya, cuando un rintintín de geci(s) me obligó a girarme y prestar atención a la conversación de al lado. Eran dos hombres grandes y fuertes, de olores intensos, gente de pelo en pecho. El que no paraba de putear decía que les estaban reventando el trabajo esos mierdas, que no eran siquiera gente, que eran como ratas. El otro, sin levantar el tono, pero con seguridad, la palabra y la mirada firme, le decía que estaba equivocado, que eran personas como cualquier otra y que tenían los mismos derechos. “A ti te pasaría lo mismo si fueses a trabajar a Inglaterra”-le explicaba. “O mismo si te vas a trabajar dos paradas de tranvía más para el centro”.
Cuando bajé en Mázsa tér comprobé efectivamente que había pasado una frontera. La plaza estaba desierta y cercada por tablones elefantinos, con pintadas que nunca había visto hasta entonces en Hungría. “Partido Obrero. A por las armas. Dictadura del Proletariado”. Y claro, la correspondiente hoz y el martillo enlazados.
El que crea que Europa es de una pieza se equivoca de plano. Las diferencias entre los países de la Unión son abismales. En términos turísticos podríamos incluso decir que Hungría es un 3 estrellas. Todo está un poco roto, un poco sucio y descuidado. Y claro, es más barato, y más difícil para los que aquí viven, en invierno y en verano. En este que está por terminar, por decir una cifra, han muerto de frío más de 60 personas en sus propias casas, y más de 50 en la calle, desparramadas como las colillas.
Sebastián Santos
Imagen: Erdély Jakab