Recuerdos de aquellas radios

Por Teresa De la Vega

He venido a Madrid a pasar unos días y mi prima me ha regalado un pequeño transistor, bueno en realidad se lo ha regalado a mi hijo y yo se lo voy a llevar cuando vuelva a Budapest. Y ahora, después de muchos años estoy en una habitación de una residencia que no tiene televisión y vuelvo a descubrir el inmenso placer de escuchar la radio, de llevarse el transistor a la cama y ponerlo sobre la mesilla o junto a la almohada y escuchar, escuchar, solo escuchar e imaginar. Y también la ventaja de poder moverse de un lado a otro y hacer mil cosas diferentes mientra se oye,coser, tejer, hacer la cama, ordenar la habitación, pintarse las uñas e incluso bañarse. Y mientras voy haciendo estas cosas redescubro el antiguo milagro de la voz y recuerdo aquellas radios de mi ya lejana infancia.

Teníamos una gran radio de la marca Marconi, con aquel misterioso ”ojo verde” que nos indicaba la exacta conexión con las emisoras, no tantas entonces. Y como no había muchos muebles en aquel comedor, la gran radio estaba sobre una banqueta de mimbre mallorquín color caoba. Aquello era una manía de mi padre. Solo compraba lo mejor de lo mejor, véase la gran radio Marconi; y como el dinero no era abundante, pues eso, que teníamos pocos muebles y éstos de gran calidad. Escuchábamos la radio mucho y sobre todo mientras comíamos los diarios hablados, es decir, las noticias. Y los programas musicales y a Pepe Iglesias “El Zorro”, el gran humorista argentino de padres españoles.

Tres temas o programas me quedaron en la memoria. Aquella canción que cantaba un coro de camareros explicando el menú de su restaurante, con una armonía y unas voces excepcionales: -¡Camarero! ¿Qué hay para hoy? -Pollo “asao”, asao, asao” con ensalada, buen menú, buen menú, buen menú señor, berenjenas fritas y tortilla al ron.

Más o menos así, aunque más largo. Hablaban también de la sopa y de las albondiguillas y otros platos. Una verdadera maravilla. Luego recuerdo la retransmisión desde Budapest de la invasión soviética. Teníamos un amigo húngaro que venia a casa a escucharla, porque nuestra radio era la mejor. Quién iba a decirme que tantos años más tarde terminaría yo viviendo en Hungría. Y un programa, o más bien una noticia, sobre el divorcio en los EE.UU., cosa entonces casi desconocida en España, y que me inquietó profundamente, intuyendo quizás que pocos años más tarde ese iba a ser el destino de mis padres.

Pasaron algunos años y ya no comíamos mi madre y yo en aquel gran comedor de los bonitos y escasos muebles. Ahora lo hacíamos en el “cuarto de la plancha” que era más pequeñito y acogedor. Y la gran radio Marconi del ”ojo verde” se había estropeado y no teníamos dinero para arreglarla. Nos habían regalado una pequeñita de baquelita blanca de la marca Periquito. Cumplía su labor perfectamente aunque el sonido fuera menos claro y se pudieran captar menos emisoras. Pero nos hacía compañía todos los días, al comer, por la tarde y al cenar sobre todo. Seguía a Pepe Iglesias “el Zorro” y estaban “Cabalgata Fin de Semana” y los cuentos infantiles, y “Matilde Perico y Periquín” y “Uds. son Formidables” y las “Peticiones del Oyente” y los seriales de “Ama Rosa” y otros parecidos, con sus historias lacrimógenas y de amores prohibidos que antes no me dejaba escuchar mi padre y tenía que hacerlo a escondidas, y ahora lo hacía tan contenta.

Todos ellos alegraban mis últimos años infantiles y primeros de adolescencia. Aquella radio humilde era como un miembro más de la familia y junto a ella fue pasando el tiempo; y luego llegó el televisor a casa, bastante tarde por cierto, y después ya no me acuerdo. Me fui de España y solo muchos, muchos años más tarde, cuando murieron mis tías y tuve que encargarme junto con mis primos de vaciar el piso, apareció allí la radio Periquito. Y ahora recuerdo que ellas habían estado mucho tiempo sin tener ni siquiera radio, solo una antigua radio de galena que había sido de mi abuelo y quizás por eso, ahora se me ocurre, les dimos la nuestra, cuando yo traje de Suiza el primer transistor.

Pobre radio Periquito. Tengo la conciencia sucia. Aunque ya no funcionaba debí de haberla cogido y habérmela traído a Budapest, para que me hiciera compañía, incluso sin voz. No sé por qué no lo hice. Cualquier día, si viajo a Madrid, me voy al Rastro (nuestro mercado de las pulgas ) y me compro una, aunque no sea la misma, aunque quien sabe, a lo mejor sí lo es.

Imagen: Carsten Schraeder