La huelga del metro de Madrid

Por Cándido Marquesán Millán

Se ha convertido en tema de acuciante actualidad la huelga en el Metro de Madrid. Todo lo que ocurre en la capital de España se magnifica, como todo lo que rodea al Real Madrid. ¡Qué verano el año pasado tuvimos que soportar todos los españoles con el fichaje de Ronaldo! Pero retornando al tema de la huelga del metro, me han surgido una serie de reflexiones, alguna de ellas entra de lo posible que hiera la sensibilidad de alguno de mis lectores, por lo que ya está avisado. La actuación de los trabajadores del metro de Madrid me parece a grandes rasgos ejemplar -salvo si se han producido piquetes violentos, (sobre el cumplimiento de los servicios mínimos hablo más adelante)-, y la deberíamos tener en cuenta otros trabajadores, que nos hemos visto sometidos en los últimos tiempos a todo tipo de tropelías cometidas por los poderes políticos y económicos. Ya huele el insistir en quiénes han sido los culpables de esta crisis económica: los grandes poderes financieros en connivencia con el poder político, sea de la derecha o de aquella, llamada en otros tiempos, socialdemocracia. Igualmente resulta superfluo señalar quiénes son los paganos de la crisis con incrementos del paro, ajustes fiscales, reformas laborales, reforma financiera, o reforma de las pensiones. Hace ya tiempo, desde la implantación de las políticas neoliberales, los trabajadores hemos tenido que soportar todo tipo de sacrificios, y además los tenemos que asumir, y si no lo hacemos se nos acusa de irresponsables.

Lo novedoso de esta huelga del metro de Madrid, es que, por fin, la clase trabajadora ha dicho hasta aquí hemos llegado. Han hecho uso del derecho de huelga -que acarrea lógicamente molestias a otros ciudadanos- totalmente justificado por la reducción de sus salarios en un porcentaje del 5%, sin respetar un convenio firmado que garantizaba determinadas remuneraciones salariales. Incumplir un convenio laboral firmado es totalmente ilegal. La comunidad de Madrid anunció un recorte en los salarios de las empresas públicas regionales, como el metro, siguiendo la senda de austeridad marcada por el decreto del gobierno en materia de gastos de personal. ¡Qué obediente la lideresa! Sin embargo, el decreto del gobierno excluye a las empresas públicas estatales (como RENFE o Adif) de ver sus salarios reducidos en un 5% de media, por la dificultad de defender jurídicamente la ruptura de sus convenios colectivos.

Sin embargo, Aguirre decidió extender a todas las empresas (cuyos salarios, dice, "salen de los bolsillos de los contribuyentes"), el recorte. Según los expertos en derecho laboral y constitucional, este acto es ilegal, ya que la comunidad no tiene la autoridad competente para dar este paso. La lideresa podría perfectamente haber hecho caso omiso del decreto del gobierno, y no lo ha hecho, por lo cual es responsable de haber desencadenado este conflicto, y no debería echar responsabilidades a otras latitudes, como ya nos tiene acostumbrados. Con el dinero desviado para los casos de corrupción en la comunidad de Madrid se podría haber evitado el recorte de los trabajadores del metro. No obstante, la divina Esperanza tiene la gran facilidad de escurrir el bulto y no asumir sus responsabilidades cuando le interesa, con el beneplácito de todos los poderes mediáticos capitalinos.

Iniciado el conflicto, los trabajadores no prestaron los servicios mínimos, lo que ha supuesto la apertura de expedientes disciplinarios, que podrían desembocar en despidos, con lo cual se ha radicalizado. Sobre los servicios mínimos hay mucho que hablar, según el decreto ley que regula el derecho a la huelga, la fijación de servicios mínimos en las empresas que presten una labor pública "de reconocida e inaplazable necesidad" corresponde a "la autoridad gubernativa", que "podrá acordar las medidas necesarias para asegurar el funcionamiento de los servicios". Se da el caso, sin embargo, de que en el metro la autoridad gubernativa competente y la patronal son lo mismo: la comunidad de Madrid. Tradicionalmente la administración, como ha ocurrido ahora, impone unos mínimos "abusivos" que los sindicatos impugnan y a los que se les ha dado la razón en numerosas ocasiones, pero después de varios años de contencioso legal, cuando el conflicto ha cesado. Un 50% de servicios mínimos está bien para "urgencias sanitarias" pero extenderlos a otros sectores supone "desnaturalizar" la causa de la huelga. Como conclusión, ante la misma injusticia mientras los trabajadores del metro han respondido, los funcionarios nos hemos mostrado sumisos, como si la cosa no fuera con nosotros. Cabe recordar el fracaso de la huelga convocada por los sindicatos en la administración pública el pasado 8 de junio.

Quiero acabar con algunas otras reflexiones dirigidas a todos aquellos que cobramos una nómina. Todas las conquistas de legislación social, que hoy disfrutamos no fueron un regalo divino, sino que llegaron como consecuencia de largas luchas políticas y sindicales de aquellos que nos precedieron y que las clases pudientes no tuvieron otra opción que conceder muy a su pesar. Mas todas ellas son vulnerables y contingentes políticamente, ya que no hay una ley histórica que garantice que un día no puedan perderse. Y nosotros deberíamos luchar para que las generaciones futuras puedan seguir disfrutándolas. Como colofón de todo lo expuesto, resultan muy ilustrativas para los momentos actuales, las palabras, que las he reflejado en otras ocasiones, del gran historiador Josep Fontana: “Desde 1789 hasta el hundimiento del sistema soviético las clases dominantes europeas han convivido con unos fantasmas que atormentaban frecuentemente su sueño: jacobinos, carbonarios, anarquistas, bolcheviques, revolucionarios capaces de ponerse al frente de las masas para destruir el orden social vigente. Este miedo les llevó a hacer concesiones que hoy, cuando no hay ninguna amenaza que les desvele —todo lo que puede suceder son explosiones puntuales de descontento, fáciles de controlar-, no necesitan mantener.” Hoy parece que se divisa una amenaza en el horizonte, que comienza a desvelar a las clases dominantes. Se está poniendo nerviosa la lideresa. Buena señal.

Imagen: El imparcial