El Quincenal de Hungría
Poco a poco los llenaron de peces
Memorias divididas      

A PC, por Revista Internacional

La Revolución húngara de 1919
El ejemplo de Rusia 1917 inspira a los obreros húngaros


La tentativa revolucionaria del proletariado húngaro tuvo una fuerte motivación internacional. Fue el fruto de dos factores: la situación insostenible provocada por la guerra y el ejemplo arrebatador de la revolución de octubre de 1917. La primera guerra mundial fue una explosión de barbarie. Pero más tremenda fue la "paz" que se firmó a toda prisa por parte de las grandes potencias capitalistas cuando en noviembre de 1918 estalló la revolución en Alemania. No aportó el más mínimo alivio ni a los sufrimientos de las masas ni tampoco una disminución del caos y la desorganización de la vida social que habían provocado la guerra. El invierno de 1918 y la primavera de 1919 fueron de pesadilla: hambre, parálisis de los transportes, conflictos demenciales entre políticos, acciones de ocupación de los ejércitos sobre países vencidos, guerra contra la Rusia soviética, desorden extremo en todos los niveles de la vida social, estallido y propagación fulminante de una epidemia, la llamada "gripe española", que causó casi tantos muertos como la guerra. A los ojos de las poblaciones europeas la "paz" era peor incluso que la guerra.

La máquina económica había sido explotada al límite hasta el extremo de generarse un fenómeno insólito de subproducción como lo subraya Bela Szantò respecto a Hungría: "A consecuencia del esfuerzo de trabajo de las industrias de guerra, estimulado por la búsqueda de sobrebeneficios, los medios de producción habían quedado completamente consumidos y la maquinaria echada a perder. Su reposición habría exigido enormes inversiones, mientras no hubiera probabilidad alguna de amortización. No había materias primas. Las fábricas estaban paradas. A consecuencia de la desmovilización pero también del cierre de fábricas, había un desempleo enorme".

El Times de Londres afirmaba (19-7-19): "El espíritu de desorden reina en todo el mundo, desde la América occidental hasta la China, desde el mar Negro al Báltico; no hay ninguna sociedad, ninguna civilización tan sólida, ni ninguna constitución tan democrática que puedan sustraerse a este influjo maligno. En todas partes aparecen indicios de que los vínculos sociales más elementales se desgarran a causa de la prolongada tensión". Contra esta situación, el ejemplo ruso despertó una ola de entusiasmo y de esperanza en todo el proletariado mundial. Contra el virus mortal del capitalismo sumergido en el caos, los obreros tenían un antídoto liberador: la lucha revolucionaria mundial siguiendo el ejemplo de Octubre 1917.

Hungría que todavía pertenecía al Imperio Austrohúngaro y figuraba dentro del bando perdedor de la guerra, padecía esa situación de forma extrema pero, al mismo tiempo, el proletariado, fuertemente concentrado en Budapest, que poseía la séptima parte de la población del país y casi el 80 % de su industria, se manifestó enormemente combativo. Tras los motines de 1915, reprimidos con el apoyo descarado del partido socialdemócrata, se sucede una fase de apatía con tímidos movimientos en 1916 y 1917. Pero en enero 1918, la agitación social desemboca en lo que probablemente fue la primera huelga de masas internacional de la historia, que se extendió a numerosos países de la Europa central teniendo como epicentro Budapest y Viena. Comenzó en Budapest el 14, el 16 ganaba la Baja Austria y Estiria, el 17 Viena y el 23 las grandes fábricas de armamento de Berlín, teniendo numerosos ecos en Eslovenia, Checoslovaquia, Polonia y Croacia. La lucha se polarizó alrededor de 3 objetivos: contra la guerra, contra la penuria y en solidaridad con la revolución rusa. Dos gritos se repitieron en numerosos idiomas: "Abajo la guerra" y "Viva el proletariado ruso".

En Budapest la huelga estalló al margen de los dirigentes socialdemócratas y de los sindicatos y en numerosas fábricas, animadas por el ejemplo ruso, se habían votado resoluciones a favor de los Consejos obreros, sin llegar a constituirlos efectivamente. El movimiento no se dio ninguna organización, lo cual fue aprovechado por los sindicatos para ponerse a la cabeza e imponer reivindicaciones que no tenían nada que ver con las preocupaciones de las masas, en particular, la del sufragio universal. El Gobierno intentó aplastar la huelga mediante una exhibición de tropas armadas de cañones y ametralladoras. El poco éxito que tuvo la demostración y las dudas crecientes de los soldados que no querían ni luchar en el frente ni menos aún enfrentarse a los obreros, disuadió al gobierno que en 24 horas cambió de postura y "concedió" la reivindicación -que nadie había pedido excepto sindicatos y socialdemocracia- del sufragio universal. Con esa baza en el bolsillo, estos visitaron las fábricas para detener la huelga. Fueron recibidos muy fríamente. No obstante, el cansancio, la falta de noticias de Austria y de Alemania y la progresiva vuelta al trabajo de los sectores más débiles acabaron por mermar la moral de los trabajadores de las grandes empresas metalúrgicas que finalmente decidieron la vuelta al trabajo.

Fortalecida por ese triunfo, la socialdemocracia "llevó a cabo una campaña de represalias contra todos los que se esforzaban por despertar en las masas la lucha revolucionaria de clase. En Népszava -órgano central del partido- aparecieron artículos difamatorios e incluso de delación que dieron abundante material para las persecuciones políticas iniciadas por el gobierno reaccionario de Wkerle-Vászonyi". Pese a la represión, la agitación siguió su curso. En mayo, los soldados del regimiento de Ojvideck se amotinan contra su envío al frente. Se hacen dueños de la central telefónica y de la estación de tren. Los obreros de la ciudad les secundan. El gobierno envía dos regimientos especiales que necesitarán tres días de salvajes bombardeos para tomar la ciudad. La represión es inmisericorde: uno de cada diez soldados -fuera o no participante activo en el motín- es fusilado, miles de personas son encarceladas.

En junio, la gendarmería disparó contra los obreros en huelga de una fábrica metalúrgica de la capital ocasionando varios muertos y heridos. Los obreros se dirigieron rápidamente a las fábricas vecinas que detuvieron inmediatamente la producción, saliendo a su vez a la calle. En pocas horas, toda Budapest estaba paralizada. Al día siguiente, la huelga se extendió a todo el país. Asambleas improvisadas, en medio de una atmósfera revolucionaria, decidían las medidas. El gobierno detuvo a los delegados, envió al frente a los obreros más significativos, los tranvías fueron puestos en funcionamiento mediante esquiroles escoltados por cuatro soldados con la bayoneta calada. Tras ocho días de lucha, la huelga acabó en derrota.

Sin embargo, en la clase se desarrollaba una toma de conciencia: "entre los más amplios círculos obreros poco a poco empezó a abrirse camino la convicción de que la política del partido socialdemócrata y la conducta de los dirigentes del partido no eran apropiados para asumir una orientación revolucionaria (...). Las fuerzas revolucionarias habían empezado a cohesionarse, los obreros de las grandes fábricas establecieron contactos directos entre ellos. Las reuniones y deliberaciones secretas se hicieron casi permanentes y empezaron a dibujarse los contornos de una política proletaria independiente". Estos círculos obreros empiezan a ser conocidos como el Grupo revolucionario.

Los motines de soldados se hacen cada vez más frecuentes pese a la represión. Las huelgas se vuelven cotidianas. El gobierno -incapaz de conducir una guerra perdida, con el ejército cada vez más descompuesto, la economía paralizada y un completo desabastecimiento- se desmorona. Para evitar tan peligroso vacío de poder, el Partido socialdemócrata, demostrando una vez más en qué bando militaba, decidió aglutinar los partidos burgueses democráticos en un Consejo nacional.

El 28 de octubre se había constituido el Consejo de soldados que se coordinó con el Grupo revolucionario, ambos convocaron una gran manifestación en Budapest que se propuso llegar hasta la Ciudadela con objeto de entregar una carta al delegado real. Delante había un enorme cordón de soldados y policías. Los primeros se hicieron a un lado y dejaron pasar a la muchedumbre pero la policía disparó causando numerosos muertos. "La indignación de la masa contra la policía fue indescriptible. Al día siguiente los obreros de la fábrica de armas forzaron los depósitos y se armaron".

La tentativa del Gobierno de enviar fuera de Budapest a los batallones militares que habían estado a la vanguardia de la formación del Consejo de soldados, provocó la indignación general: miles de trabajadores y soldados se congregaron en la calle Rákóczi -la principal de la ciudad- para impedir su salida. Una compañía de soldados que había recibido la orden de partir se negó y a la altura del hotel Astoria se unió a la multitud. Hacia la medianoche las dos centrales telefónicas fueron tomadas.

En la madrugada y durante el día siguiente edificios públicos, cuarteles, la estación ferroviaria central, los almacenes de suministros, son ocupados por batallones de soldados y obreros armados. Manifestaciones masivas van a las cárceles y liberan a los presos políticos. Los sindicatos -haciéndose portavoces de las masas- reclaman el poder para el Consejo nacional. El 31 de octubre a media mañana, el conde Hadik -jefe del gobierno- entrega el poder a otro conde, Károlyi, jefe del Partido de la independencia y presidente del Consejo nacional.

Sin haber movido un dedo, éste se encontraba con el poder total. No le pertenecía puesto que había sido resultado del impulso todavía desorganizado e inconsciente de las masas obreras. Por eso, lo primero que hizo fue rechazar semejante legitimidad revolucionaria e ir a buscarla en la monarquía húngara que a su vez pertenecía al fantasmal "Imperio austro-húngaro". Ausente el rey, los miembros del Consejo nacional, con la socialdemocracia a la cabeza, fueron a visitar al plenipotenciario del Emperador, el archiduque José, quien autorizó el nuevo gobierno. La noticia indignó a muchos trabajadores. Se convocó una concentración en el Tisza Kalman tér. Pese a una lluvia torrencial una gran multitud se reunió decidiendo ir a la sede del partido socialdemócrata para exigir la proclamación de la República.

La reivindicación de la República había sido durante el siglo XIX una consigna del movimiento obrero que juzgaba esta forma de gobierno más abierta y favorable a sus intereses que la monarquía constitucional. Sin embargo, ante la nueva situación donde no había más alternativa que poder burgués o poder proletario, la República se erigía como el último recurso del capital. De hecho, la república nacía con la bendición de la monarquía y del alto clero, cuyo jefe -el príncipe arzobispo de Hungría- fue visitado por el Consejo nacional en pleno. El socialdemócrata Kunfi pronunció un celebrado discurso: "Me corresponde la agobiante obligación de decir, a mí, socialdemócrata convencido, que nosotros no queremos actuar con el método del odio de clase y de la lucha de clases. Y nosotros hacemos un llamamiento para que todos, eliminando los intereses de clase, colocando en segunda línea los puntos de vista confesionales, nos ayuden en las graves tareas que pesan sobre nosotros". Toda la Hungría burguesa se había agrupado en torno a su nuevo salvador: el Consejo nacional cuyo motor era el partido socialdemócrata. El 16 de noviembre la nueva República era solemnemente proclamada.

La clase obrera no puede culminar su tentativa revolucionaria si no crea en su seno la herramienta vital del Partido comunista. Pero a éste no le basta tener unas posiciones programáticas internacionalistas, es preciso hacerlas vivir en las propuestas concretas al proletariado, en la capacidad para analizar concienzudamente con un prisma amplio los acontecimientos y las líneas a seguir y ahí es decisivo que el Partido sea internacional y no una mera suma de partidos nacionales: para combatir el peso asfixiante y desorientador de lo inmediato y lo local, de los particularismos nacionales, pero también proporcionando solidaridad, debate común, visión global y en perspectiva. El drama de las tentativas revolucionarias en Alemania y en Hungría fue la ausencia de la Internacional. Esta se formó demasiado tarde, en marzo de 1919, cuando ya la insurrección de Berlín había sido aplastada y la tentativa revolucionaria en Hungría apenas comenzaba.

El Partido comunista húngaro sufrió esa dificultad con particular crudeza. Ya vimos que uno de sus fundadores fue el Grupo revolucionario que se había formado entre delegados y elementos activos de los obreros de las grandes fábricas de Budapest, a éste se unieron los elementos venidos desde Rusia -en noviembre de 1918- y que habían formado el Grupo comunista, conducidos por Béla Kun, la Unión socialista revolucionaria de tendencia anarquista y los miembros de la Oposición socialista, núcleo formado dentro del Partido socialdemócrata húngaro desde el estallido de la Primera Guerra mundial.

Antes de la llegada de Béla Kun y sus compañeros, los miembros del Grupo revolucionario habían considerado la posibilidad de formar un Partido comunista. El debate sobre esta cuestión llevó a un bloqueo pues había dos tendencias que no lograron ponerse de acuerdo: por un lado, los partidarios de formar una Fracción Internacionalista en el interior del Partido socialdemócrata y por otra parte, los que veían urgente la formación de un nuevo partido. Finalmente, para salir del atasco se decidió constituir una Unión que tomó el nombre de Ervin Szabó y que decidió proseguir la discusión. La llegada de los militantes procedentes de Rusia cambió radicalmente la situación. El prestigio de la Revolución Rusa y la capacidad persuasiva de Béla Kun inclinaron la balanza del lado de la formación inmediata del Partido comunista. Se constituyó el 24 de noviembre. El documento programático adoptado contenía apreciaciones muy válidas: "• así como el Partido socialdemócrata trataba de poner a la clase obrera al servicio de la reconstrucción del capitalismo, el nuevo partido tenía por tarea mostrar a los trabajadores cómo el capitalismo había sufrido ya una sacudida mortal y había llegado a una maduración, no sólo en el plano moral sino también en lo económico, que lo ponía al borde la ruina. • Huelga de masas e insurrección armada: he aquí los medios deseados por los comunistas para la conquista del poder. No aspiraban a una República burguesa (...) sino a la dictadura del proletariado organizado en Consejos". Los medios que se daban eran: "• mantener viva la consciencia del proletariado húngaro, apartarlo del anterior acoplamiento con la deshonesta, ignorante y corrompida clase dominante húngara (...) despertar en él el sentimiento de la solidaridad internacional, antes sistemáticamente sofocado", [ligar al proletariado húngaro] "a la dictadura rusa de los Consejos y potencialmente también con cualquier otro país en que pueda estallar revolución semejante".

Se creó un periódico -Vörös Ujsàg (Gaceta roja)- y el partido se lanzó a una febril agitación que, desde luego, era necesaria dado el carácter decisivo del momento que se estaba viviendo. Sin embargo, esta agitación no se vio respaldada por un debate programático profundo, por un análisis colectivo metódico de los acontecimientos. El Partido era en realidad demasiado joven e inexperto y estaba poco cohesionado, todo lo cual le llevó a cometer graves errores.

En el periodo histórico de 1914-23 se planteaba al proletariado una cuestión muy complicada. Por un lado, los sindicatos se habían comportado como sargentos reclutadores del capital durante la guerra imperialista y el surgimiento de las respuestas obreras se hizo fuera de su iniciativa. Pero, al mismo tiempo, estaban muy cerca los tiempos heroicos en los que las luchas obreras se habían organizado mediante los sindicatos, estos habían costado muchos esfuerzos económicos, mucha represión, muchas horas de reuniones colectivas. Los obreros todavía los veían como propios y aún confiaban en poder recuperarlos. Simultáneamente, había un entusiasmo enorme por el ejemplo ruso de los Consejos obreros que habían tomado el poder en 1917. En Hungría y en Austria, en Alemania, las luchas tendían a la formación de Consejos obreros. Sin embargo, mientras en Rusia los obreros acumularon una gran experiencia sobre lo que son, cómo funcionan, qué obstáculos los debilitan, cómo intenta sabotearlos la clase enemiga, tanto en Hungría como en Alemania esa experiencia era muy limitada.

Ese conjunto de factores históricos producía una situación híbrida, que fue hábilmente aprovechada por el Partido socialdemócrata y los sindicatos para constituir el 2 de noviembre el Consejo obrero de Budapest formado por una extraña mezcla de jefes sindicales, líderes socialdemócratas junto con delegados elegidos en algunas grandes fábricas. En los días siguientes se multiplicaron todo tipo de "consejos" que no eran otra cosa que organizaciones sindicales y corporativas que se habían puesto la etiqueta de moda: Consejo de policías (formado el 2 de noviembre y completamente controlado por la socialdemocracia), Consejo de funcionarios, Consejo de estudiantes, ¡hasta se formó un Consejo de sacerdotes el 8 de noviembre!. Esta proliferación de "consejos" tenía como fin cortocircuitar su formación por los obreros.

La economía estaba paralizada. El Estado no podía recaudar gran cosa y como todo el mundo le pedía ayuda su única respuesta era la impresión de papel moneda para subvenciones, pago de los salarios de los empleados estatales, gastos corrientes. En diciembre de 1918 el ministro de Finanzas se reunió con los sindicatos para pedirles detener las reivindicaciones salariales, cooperar con el gobierno para relanzar la economía y tomar, si necesario fuera, las riendas de la gestión de las empresas. Los sindicatos se mostraron muy receptivos.

Pero esto provocó la indignación de los trabajadores. Volvieron a celebrarse reuniones masivas. El Partido comunista recién constituido encabezó la protesta. Había decidido participar dentro de los sindicatos y pronto obtuvo una mayoría en varias organizaciones de las grandes fábricas. En su programa estaba la formación de Consejos obreros pero los consideraba compatibles con los sindicatos. Esta situación producía un continuo vaivén. El Consejo obrero de Budapest, creado preventivamente por los socialdemócratas, se había convertido en un órgano sin vida. En ese momento, hubo algunos esfuerzos de organización y de toma de conciencia dentro del terreno cada vez más inservible de los sindicatos como por ejemplo la asamblea masiva del sindicato metalúrgico en respuesta a la planes del ministro que tras dos días de debate adoptó acuerdos muy profundos: "Desde el punto de vista de la clase trabajadora, el control estatal sobre la producción no puede desembocar en ningún resultado, ya que la república popular no es más que una forma modificada de la dominación capitalista, y el Estado, en ella, sigue siendo lo que era antes: simplemente el órgano colectivo de la clase detentadora de la propiedad para la opresión de la clase trabajadora".

La desorganización y parálisis de la economía puso a los trabajadores y a la gran mayoría de la población al borde del hambre. En tales condiciones la asamblea decidió que: "en todas las grandes empresas deben organizarse Consejos de control de fábrica, que en calidad de órganos de poder obrero, controlen la producción de las fábricas, el suministro de materias primas y también el funcionamiento y toda la marcha de los negocios". Pero no se veían como organizaciones paritarias de cooperación con el Estado ni como órganos de "autogestión" sino como palancas y complementos de la lucha por el poder político: "el control obrero representa únicamente una fase de transición hacia el sistema de gestión obrera, para la cual es necesaria como condición previa la toma del poder político (...) En consideración a todo ello, la asamblea de delegados y de miembros de la organización condena cualquier suspensión, aunque sólo sea provisional, de la lucha de clase, cualquier adhesión a los principios constitucionales, y considera tarea inmediata de la clase trabajadora la organización de los Consejos de obreros, soldados y campesinos como factores de la dictadura del proletariado".

El 17 de diciembre, el Consejo obrero de Szeged -segunda ciudad del país- decidió disolver la municipalidad y "tomar el poder". Fue un acto aislado que expresaba el nerviosismo ante el deterioro de la situación. El gobierno reaccionó con prudencia y estableció negociaciones que acabaron en un restablecimiento del ayuntamiento con "mayoría socialdemócrata". En la Navidad de 1918, los obreros de una fábrica de Budapest reclamaron una paga extra. Inmediatamente, sus compañeros de fábricas vecinas retomaron la misma demanda. En un par de días todo Budapest hacía suya la reivindicación que empezaba a extenderse a las provincias. Los empresarios no tuvieron más remedio que ceder.

A principios de enero, los mineros de Salgótarján formaron un Consejo obrero que decidió la toma del poder y la organización de una milicia. Esto asustó al gobierno central que envió inmediatamente tropas de élite que ocuparon militarmente el distrito y causaron 18 muertos y 50 heridos. Dos días después, los obreros del área de Sátoralja-Llihely toman la misma decisión con idéntica respuesta gubernamental que provoca un nuevo baño de sangre. En Kiskunfélegyhaza, las mujeres organizan una manifestación contra la carestía de alimentos y los precios caros, la policía dispara contra la multitud provocando 10 muertos y 30 heridos. Dos días más tarde, es el turno de los obreros de Pozsony cuyo Consejo proclama la dictadura del proletariado. El Gobierno, falto de fuerzas, pide al Gobierno checoslovaco que ocupe militarmente la ciudad (se trata de un área fronteriza).

El problema campesino se agudiza. Los soldados desmovilizados volvían a sus aldeas y extendían la agitación. Se celebraban reuniones reclamando el reparto de tierras. En el Consejo obrero de Budapest se manifestó una fuerte solidaridad con los campesinos que desembocó en la propuesta de celebrar una reunión para "imponer al gobierno una solución al problema agrario". La primera sesión no llegó a ningún acuerdo y hubo que celebrar una segunda en la cual acabó aceptando la propuesta socialdemócrata que preveía la formación de unas "explotaciones agrarias individuales con indemnización a los antiguos propietarios". Esta medida logró calmar momentáneamente la situación pero apenas duró unas semanas. De hecho, en Arad -cerca de Rumania- a finales de enero los campesinos ocupan las tierras y el gobierno tiene que acallarlos mediante un numeroso dispositivo de tropas que ejecuta la enésima matanza.

En enero la Unión de periodistas se constituye en Consejo y pide la censura de todos los artículos hostiles a la revolución. Se multiplican las Asambleas de tipógrafos y otros sectores relacionados que se suman a esta medida. Los trabajadores de la metalurgia participan en esta actividad que desemboca en la toma del control por parte de los trabajadores de la mayoría de periódicos. Desde ese momento, la publicación de noticias y artículos es sometida a la decisión colectiva de los obreros. Budapest se había convertido en una gigantesca escuela de debate. Todos los días, a todas horas, se celebraban discusiones sobre los temas más variados. Se ocupaban locales por doquier. Únicamente los generales y los grandes empresarios estaban privados del derecho de reunión pues cada vez que intentaban hacerlo eran dispersados por grupos de trabajadores metalúrgicos y de soldados que acabaron tomando sus lujosos locales.

En paralelo al desarrollo de los Consejos obreros y ante el problema antes planteado del caos y la desorganización en la producción, en las empresas se multiplica un segundo tipo de organismos -los Consejos de fábrica- que asumen el control de los abastecimientos y la producción de los bienes y servicios esenciales con objeto de evitar la carestía de los artículos más básicos. A finales de enero el Consejo obrero de Budapest decide una audaz iniciativa centralizadora: asumir el control de la fábrica de gas, de las manufacturas de armas, de las principales obras de construcción, del periódico Deli Hirlap y del hotel Hungaria.

Esta decisión supone un desafío al gobierno que es respondida por el socialista Garami proponiendo un proyecto de ley que reducía los Consejos de fábrica a meros colaboradores de los patronos a los que se restablecía la entera autoridad sobre los asuntos de producción y organización empresarial. Se multiplican las reuniones masivas protestando contra esta medida. En el Consejo obrero de Budapest la discusión es muy acalorada. El 20 de febrero, en la tercera sesión para tomar una decisión sobre el proyecto de ley, los socialistas dieron un espectacular golpe de efecto, sus delegados irrumpieron en la asamblea con una noticia sensacional: "Los comunistas han lanzado un ataque contra el Népszava. ¡La redacción ha sido asaltada con ráfagas de ametralladora! ¡Varios redactores han perecido ya! ¡La calle está cubierta de muertos y heridos!". Esto permitió aprobar por una apretada mayoría la disposición contra los Consejos de fábrica pero abrió una etapa crucial: la tentativa de aplastar por la fuerza al Partido comunista. El asunto del asalto al Népszava pronto se demostraría que era una provocación montada por el Partido socialdemócrata. Esta operación, realizada en un momento especialmente delicado -con los Consejos obreros creciendo por doquier en todo el país y cada vez más soliviantados contra el gobierno-, venía a rematar una campaña -dirigida por el Partido socialdemócrata- contra el Partido comunista y organizada desde meses atrás.

Ya en diciembre 1918, el gobierno -a propuesta del Partido socialdemócrata- había prohibido el uso de todo tipo de papel de prensa con el objetivo de impedir la edición y difusión del Vörös Ujsàg. En enero 1919, el gobierno recurrió a la fuerza: "una mañana un destacamento de 160 policías armados con bombas de mano y ametralladoras, rodeó el Secretariado. Bajo pretexto de registro, los policías invadieron el local, devastaron todo el mobiliario y el equipo y se lo llevaron todo llenando ocho grandes coches". Szanto señala que: "el asesinato de Kart Liebchnecht y Rosa Luxemburg por obra de la contrarrevolución blanca en Alemania, fue considerada por los contrarrevolucionarios húngaros como señal de la lucha contra el bolchevismo". Un periodista burgués de gran influencia -Ladislao Fényes- inició una persistente campaña contra los comunistas. Decía que "había que quitarlos de en medio con las armas en la mano".

El Partido socialdemócrata repetía machaconamente que Rosa y Liebch­neckt "se habían ganado la muerte por haber desafiado la unidad del movimiento obrero". Alejandro Garbai -que, posteriormente sería presidente de los Consejos obreros húngaros- declaraba que "los comunistas tienen que ser colocados ante la boca de los fusiles porque nadie puede dividir al partido socialdemócrata sin pagar por ello con la vida". La unidad obrera que es un bien fundamental para el proletariado era utilizada fraudulentamente para apoyar y ampliar la ofensiva represiva de la burguesía. La cuestión de la "amenaza a la unidad obrera" fue llevada al Consejo obrero de Budapest por el partido socialdemócrata. Los Consejos obreros que apenas empezaban a andar se vieron confrontados a una espinosa cuestión que acabó por paralizarlos: una y otra vez los socialdemócratas presentaban mociones pidiendo la exclusión de los comunistas de las reuniones por "haber roto la unidad obrera". No hacían sino reproducir la feroz campaña de sus compinches alemanes que desde noviembre 1918 habían hecho de la "unidad" su principal baza para arrinconar a los espartaquistas, propiciando una atmósfera de pogromo contra ellos.

En ese contexto se sitúa el asalto al Népszava. Mueren 7 policías. Durante la misma noche del 20 de febrero se produce una oleada de detenciones de militantes comunistas. Los policías, soliviantados por la muerte de 7 colegas, infligen torturas a los detenidos. El 21 de febrero, el Népszava difunde una declaración del partido socialdemócrata que tilda a los comunistas de "contrarrevolucionarios mercenarios de los capitalistas" y llama a la huelga general en señal de protesta. Propone una manifestación la misma tarde ante el parlamento. La manifestación es gigantesca. Acuden muchos trabajadores que están indignados contra los comunistas por el asalto que se les atribuye, pero sobre todo el partido socialdemócrata moviliza a funcionarios, pequeños burgueses, oficiales del ejército, tenderos, que reclaman mano dura de la justicia burguesa contra los comunistas.

El 22 de febrero, la prensa da cuenta de las torturas infligidas a los detenidos. El Népszava sale en defensa de los policías: "Nos explicamos el rencor de la policía y compartimos de la manera más viva su dolor por los colegas caídos en defensa de la prensa obrera. Podemos congratularnos de que los policías hayan dado su adhesión a nuestro partido, que se hayan organizado y que tengan sentimientos solidarios con el proletariado". Estas repugnantes palabras son el santo y seña de una ofensiva en toda la regla dirigida por el partido socialdemócrata contra el proletariado que tiene dos etapas: la primera aplastar a los comunistas como vanguardia revolucionaria y la segunda derrotar a la propia masa proletaria, cada vez más radicalizada. El 22 mismo, la moción de expulsión de los comunistas del Consejo obrero es aprobada. Los comunistas están completamente descabezados. Aparentemente, la contrarrevolución está triunfando.

Imagen: Crónicas húngaras

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Publicación de la Corriente Comunista Internacional, organización que tiene como tareas: la clarificación teórica y política de los fines y los medios de la lucha del proletariado, de las condiciones históricas e inmediatas de esa lucha; la intervención organizada, unida y centralizada a nivel internacional, para contribuir en el proceso que lleva a la acción revolucionaria de la clase obrera; el agrupamiento de revolucionarios para la constitución de un auténtico partido comunista mundial, indispensable al proletariado para echar abajo la dominación capitalista y en su marcha hacia la sociedad comunista.
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