El Quincenal de Hungría
La Revolución húngara de 1919
Memorias divididas      

A PC, por Sebastián Santos

Poco a poco los llenaron de peces


Cuando el 8 de mayo a los jefes de estado se les da por reunirse, digamos en Berlin, para festejar el fin de la Segunda Gran Guerra, la liberación de los nazis, a mucha gente en el Este de Europa le entra ganas de putear. Es que los acuerdos de Yalta, ratificados en Potsdam, entregaron fríamente, nunca mejor dicho, al poder soviético, esta parte de Europa, para que hiciese con ella lo que mejor le pareciese. Y a los rusos no se les ocurrió mejor cosa que exprimirla, a su servicio, hasta el hastío, sin ningún tipo de miramientos ni deje moral. En Hungría acabó con la Revolución de 1956, con el pueblo en armas, más que harto del régimen de explotación impuesto.

El estado del país, después de la guerra era calamitoso, apenas había alimentos y todo estaba en ruinas. Lo que no habían destruido los rusos en su avanzada lo habían terminado de destruir los alemanes en su huida. El país se había vuelto a achicar al modelo de 1937, y los acuerdos de paz no hacían más que movilizar gente para uno y otro lado de la frontera. Iban y venían de a miles. Unos llegaban con lo puesto, otros lo dejaban todo y marchaban. La situación era caótica y la inflación terrible. Fue en aquellos años cuando nació el forint, el 1 de agosto de 1946. Un forint equivalía a 400.000 cuatrillones de pengős. Ni hablar del odio entre los vencedores y los vencidos, entre los sobrevivientes, entre las víctimas y los victimarios.

La Unión Soviética, que se había quedado al mando de la zona, dirigiendo las operaciones de la Comisión de Control de los Aliados, no mostró la menor compasión, e inmediatamente hizo firmar al primer gobierno de turno, el reconocimiento de 300 millones de dólares en concepto de compensación a su favor. En definitiva, lo poco que se producía salía disparado para la URSS; al principio sobre todo alimentos, y más tarde, cuando se empezó a organizar más la economía, en función de lo que Moscú dictaminaba. A Hungría le tocó aquello de las materias pesadas, la bauxita y el aluminio. Para colmo, los aliados determinaron que los créditos que Hungría tenía con Alemania, su primer socio comercial, quedaban cancelados. El dinero en bienes y efectivo no hacía más que salir del país. No entraba nada por ninguna parte. Y hasta que la guerra no se dio por concluida, al menos 8 regimientos húngaros siguieron luchando con los rusos contra los nazis, como si no tuviesen nada mejor que hacer.

Los rusos esperaron desde abril de 1945, fecha en la que terminaron de despachar a los alemanes, hasta noviembre para convocar elecciones; y así dar continuidad al gobierno provisorio que el pasado diciembre se había reunido en Szeged. El 4 de noviembre se celebraron las primeras elecciones generales, con el país militarmente ocupado, con la soberanía nacional presa de los Aliados, la gente desesperada por encontrar algo para comer y los cuatro políticos que quedaban más que angustiados por encaramarse al poder, con la ingenua ilusión de poder arrebatárselo al Partido Comunista, el único que contaba con apoyo logístico, militar y financiero. Un chiste.

Pese a todo, como pasa hoy en más de un país supuestamente liberado del opresor y ocupado militarmente por sus salvadores, las elecciones parecían haber resultado medianamente democráticas y el Parlamento reflejaba hasta cierto punto el perfil político de la sociedad militante. Todavía los rusos no habían enviado a todos a campos de trabajo, matado o exiliado. El Partido Independiente de los Pequeños Propietarios ganó por mayoría, llevándose el 57% de los votos. Le siguió el Socialdemócrata con el 17%, el PC con el 16% y ya algo más lejos el Partido Nacional Campesino con el 6% y el Demócrata Civil con el 1%.

Los años siguientes se pueden caracterizar, en términos políticos, como los años de la instauración del terror, el fraude y la legitimación de ambos mediante la violencia, todo tipo de triquiñuelas legales y el consiguiente beneplácito de la comunidad internacional. De ahí que cuando nos encontramos en el extranjero con viejos húngaros, podemos jugar a clasificarlos entre los judíos de antes de la guerra, los nazis del final y los socialdemócratas del comienzo del socialismo. El hito administrativo por excelencia es la creación del Kominform, la Oficina de Información del Partido Comunista de los Trabajadores y su brazo ejecutor el ÁVO, la KGB húngara.

De cualquier modo, las elecciones del 31 de agosto de 1947, todavía no alcanzaron a cristalizar la esencia comunista de Hungría. Ganó el PC, pero con apenas el 22% de los votos. Le siguió el Partido de los Pequeños Propietarios que bajó hasta el 15%, el Partido Popular Democrático con el 16%, los socialdemócratas con el 14%, el Partido Independiente de Hungría con el 13%, el Partido Nacional Campesino con el 8%, el Partido Demócrata con el 5% y el Partido Radical y el de las Mujeres Cristianas con el 1%. Es decir, se cargaron a los Pequeños Propietarios y dividieron la oposición en pequeños grupos. Pero fue recién el año siguiente, exactamente el 12 de junio de 1948, cuando hubo que decir “Apaga y vámonos”, cuando el PC acabó por engullirse al Socialdemócrata, fusionándose en lo que resultó en llamarse el Partido Húngaro de los Trabajadores. De ahí en más, entiendo que de manera indiscutible, el poder del partido se extendió hasta las capas más bajas de la sociedad, controlándolo todo, al servicio de Stalin y sus camaradas.

Imagen: Santos

 + Sebastián Santos

Antropólogo social y cultural de la Universitat Autònoma de Barcelona y maestro en educación primaria de Avellaneda. Profesor de castellano en el Instituto Javne Lauder de Budapest. En Hungría, antes de llegar al Instituto Lauder trabajó en Educación Primaria en otra escuela alternativa, la Új Suli.
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